El clavicémbalo: la sutil diferencia entre punzar y aporrear

El clavicémbalo: la sutil diferencia entre punzar y aporrear

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En su día (y ya hace bastante) hablamos aquí sobre la música de clavecín francesa del siglo XVIII y en mi anterior post, que hablaba de Françoise Couperin, ha vuelto ha surgir de pasada este instrumento que gozó de una inmensa popularidad en los salones europeos antes de la aparición del piano forte.

La palabra “clavecín” procede del francés y es un apócope de clavicémbalo. Por su parte, clavicémbalo surge de la fusión entre los vocablos claves y cembalo (címbanos en la Castilla del siglo XV y zímbele en los Países Bajos).

En Italia se llegó a denominar  a veces arpicordio, que es un nombre también muy utilizado en Inglaterra: harpsichord.

Aunque ambos son instrumentos de teclado y cuerdas, la principal diferencia entre el clavicémbalo y su pariente el clavicordio es que, mientras que en este último el sonido era extraído golpeando las cuerdas con mazos o saltadores, en el primero las cuerdas eran punzadas, al modo de la péñola en los laúdes moriscos o de la púa en la mandolina.

Los bastoncillos del clavicémbalo, que provistos de una uña arañan las cuerdas, se denominan spinas (de ahí espineta).

En sus orígenes más primitivos eran una pluma o un trocito de cuero.

El clavecín superó en popularidad al clavicordio, tanto en los salones de la buena sociedad como aportando el bajo continuo en la orquesta.

Parece ser que el clavicémbalo hacía gala de un mayor volumen sonoro, amen de otras cualidades musicales difíciles de explicar por un lego como yo.

La evolución del clavicordio estuvo parada tres siglos por un problema aparentemente muy tonto.

El empleo de mazos o saltadores en el cuerpo del instrumento debilitaba el marco donde iban insertas las cuerdas, impidiendo el uso de cuerdas muy gruesas, las de las notas graves, y limitando el número de las mismas. El clavicémbalo por contra no encontró ese problema, de ahí que fuese preferido.

Los clavecines y las grandes espinetas tenían por término medio 49 teclas, de las cuales 29 eran “principales” y 20 “fingidas”.

Sobre este particular, nos informa el músico Adolfo Salazar:

“No todas las teclas correspondían al sonido que hoy esperamos que hayan de producir: una de las particularidades de los primeros claves (en ambas especies, así como en los órganos pequeños), en efecto, consistía en que por debajo de la primera octava completa se añadían ciertas teclas que daban notas propicias para ser tenidas por bajos de la armonía en tonos naturales, cosa derivada de los instrumentos como el laúd y la guitarra, sobre los que se tañen tonos no excesivamente alterados: esto que se práctica hoy mismo en la guitarra popular, cuyas dos cuerdas graves apenas sirven sino para dar los bajos mi-la, dio origen a las cuerdas colocadas fuera del “tasto”, y por lo tanto imposibilitadas de que se pisase en ellas, que caracterizaban a la tiorba”.

En el vídeo que aparece a continuación aparece el conjunto Kassia interpretando con un clavicémbalo.

5 Comentarios sobre “El clavicémbalo: la sutil diferencia entre punzar y aporrear”

  1. Este instrumento musical es un encanto.

  2. ángel dice:

    Me resulta sorprendente que en esta Revista virtual, que es bastante seria, hayan publicado un texto tan pobre, lleno de errores de contenido y hasta de ortografía, sin rigor musical ni académico. Lamentablemente en España va siendo habitual que los “melómanos” hablen con ligereza de aquello que parece que les gusta pero desconocen. Sería mejor que siguieran dedicándose a escuchar y disfrutar de la música sin incurrir en el intrusismo. Muy triste.

    • Estimado Ángel:

      Lamento que no le haya gustado el artículo, pero lamento mucho más el desprecio que ha manifestado en su comentario hacia los aficionados que hacemos esta revista. Desde luego sin nosotros, que mostramos un gran entusiasmo hacia la música de otras épocas y que intentamos mostrar a otros su esplendor, los “profesionales”, entre los que creo que usted se incluye, tendrían aún menos público del que ya tienen, que es más bien escaso.

      Por supuesto que cometemos inexactitudes, en un campo por otro lado en que no hay excesivas certezas pues la función del músico es paralela a la de arqueólogo, y que carecemos de rigor académico. Pero quizá el excesivo academicismo del discurso tradicional en torno a la música antigua es lo que espanta al público en general de ella. Personalmente, no creo que tenga que ser necesariamente un tema ni aburrido, ni serio, y pienso que debidamente comunicado puede llegar a una mayor parte de la sociedad, beneficiándose los profesionales de más oportunidades para interpretar en directo y de más compradores de sus grabaciones. Pero parece que en muchos casos algunos prefieren morirse de asco antes de abandonar el elitismo.

      Por otro lado, en todas las disciplinas y especialmente en las científicas, el aficionado a menudo se convierte en un vehículo divulgador más eficiente que el propio experto, que salvo excepciones, encuentra difícil simplificar su discurso y acercarlo al hombre de la calle. Pero una “visión desde fuera” sí lo consigue.

      Por último, le remito a un texto publicado hace algún tiempo en la revista por un compañero redactor que resume mejor que yo lo que sentimos ante situaciones como éstas: http://www.musicaantigua.com/musica-antigua-a-la-mierda/

      Reciba un cordial saludo

  3. Paloma Mantilla dice:

    Estimado Ángel,
    Ya que parece tener presta la pluma para la crítica, hágala constructiva y desarrolle con todo el rigor musical y académico que deja entrever que Vd. sí tiene, las líneas con las que Pablo Rodríguez Canfranc nos presenta el clavicémbalo.
    Aunque Vd. no lo conciba, somos muchos los que agradecemos los ilustrativos artículos de Pablo en éste y otros medios, porque sus esbozos son siempre clarificadores y amenos y porque investiga y se documenta por nosotros. Ojalá todos fueran tan generosos y compartieran su saber como él, que, además, lo hace siempre desde la humildad más absoluta.
    Adelante Ángel, mójese, ayúdenos a formarnos a los aficionados… Demuéstrenos que puede Vd. hacerlo y que no sólo “mira los toros desde la barrera”. Y si lo consigue de modo tan accesible y con tan brillante redacción como él, se lo agradeceremos tanto como a Pablo.

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