La capilla musical de la catedral de Sigüenza en el Renacimiento

La capilla musical de la catedral de Sigüenza en el Renacimiento

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La catedral de Siguënza es un bellísimo edificio medieval que se alza imponente sobre los tejados de las casonas de la ciudad castellana.

Su estructura abiertamente concebida para la defensa, con dos torres almenadas que presiden el atrio, pone en evidencia la época en que se inició su construcción, en el siglo XII, recién conquistadas esas tierras de los musulmanes por el obispo Bernardo de Agén.

La cercanía de la frontera con el bando enemigo en tierras sorianas justifica su carácter de fortaleza  -de fortis seguntina-, que la convierte en un raro y singular ejemplo dentro de la arquitectura gótica española.

Y, por supuesto, la música estuvo siempre presente en la catedral de Sigüenza, prácticamente desde su edificación, según nos informa Louis Jambou (La capilla de música de la catedral de Sigüenza en el siglo XVI. Ordenación del tiempo musical litúrgico: del Renacimiento al Barroco, 1983).

Efectivamente, ya en 1135, Bernardo de Agén, al fundar el cabildo prevé que se forme a los clérigos del templo para apoyar el servicio del culto.

En 1300, y según consta en la documentación del archivo de la propia catedral, el Cantor goza de un cargo importante dentro de la bula de secularización del cabildo, mientras que el director del coro tiene mando sobre todos los cantores.

Jambou no llega a determina en su artículo, por la escasa información de que dispuso, si en esta época había polifonía en el templo seguntino, aunque, gracias al texto de un acta capitular de 1499, consigue identificar que ya se realizaba canto polifónico a finales del siglo XV.

Desde luego, en el siglo XVI Sigüenza ya incluye la polifonía en el culto catedralicio, como queda reflejado en las obligaciones establecidas para un nuevo cantor, Juan de Arenzana, contratado por el cabildo en 1514.

Las obligaciones establecen que, además de tener que formar a los mozos de coro en el canto gregoriano, el director deberá de iniciarles en el Canto de Organo e contrapunto.

Por cierto, que, dentro del periodo en que Arenzana dirigió la actividad musical de la catedral su cargo cambió de denominación, de Cantor o Maestro de Canto a Maestro de Capilla.

Parece ser que este cambio de titularidad puede no era meramente nominal, y que las nuevas competencias del cargo ahora incluían la composición de piezas para el culto -como misas y motetes para las festividades señaladas-, además de la formación y la dirección de los niños del coro.

La formación de la capilla de la catedral tiene lugar en la primera mitad del siglo XVI, primero con el citado maestro Juan Arenzana, entre 1514 y 1536, y después con Matías Chacón, entre 1538 y 1568.

Entre ellos dos, nos encontramos en dicha posición con la presencia estelar de Mateo Flecha, que pasa fugazmente por la Ciudad del Doncel, según consta en las actas catedralicias del 22 de julio de 1538.

Flecha es uno de los compositores más emblemáticos del Renacimiento español, autor de numerosas ensaladas, un tipo de composición para cuatro o cinco voces muy popular en los círculos cortesanos de la época.

No obstante, parece ser que su estancia profesional en esta catedral fue en extremos breve.

Entre 1523 y 1525 figura como cantor y luego como maestro de la capilla de la catedral de Lérida, pero en 1544 ya ostenta el cargo de maestro de capilla de las infantas de Castilla, doña María y doña Juana.

Esa laguna que tenemos sobre su vida entre las dos fechas ha sido objeto de conjeturas por parte de los expertos, de forma que algunos le sitúan en Valencia, pero también en Sigüenza, donde, de acuerdo con las Actas Capitulares del templo, figura como maestro de capilla en 1539.

Ana Ávila Padrón y J. Rogelio Buendía (Datos sobre la música del Renacimiento en la catedral de Sigüenza: Mateo Flecha “el Viejo” y Hernando de Cabezón, 1981) asumen la falta de información al respecto como una prueba de que Mateo Flecha dirigió la capilla del cabildo seguntino hasta 1543, año en que, según los registros de la época, ocupa el cargo Mathia Chacón.

Y, sin embargo, no han llegado a nosotros los datos necesarios para confirmar esta tesis.

Pero volvamos al tema de la estructura de la capilla musical de la catedral de Sigüenza, tal y como lo expone Louis Jambou en base a sus investigaciones en los archivos de la institución.

En la segunda mitad del siglo XVI, la basílica ya contaba con una capilla bien desarrollada, compuesta por cuatro partes diferenciadas:

  • El Coro o grupo vocal llano, la parte más antigua, formada por los beneficiados y los mozos de coro.
  • La Capilla o grupo vocal polifónico, compuesto por cantores, músicos y mozos de coro.
  • El grupo instrumental formado por los ministriles.
  • El órgano tocado por el organista o su sustituto.

Todos ellos son dirigidos y coordinados por la figura del maestro de capilla.

En esta relación nos encontramos con dos elementos que complementan la parte vocal de la capilla: el órgano y los ministriles, los músicos que tocaban los instrumentos.

El papel del órgano es controvertido dentro de la vida musical de la catedral de Sigüenza.

Por una parte, sabemos que el templo llegó a contar en 1526 hasta con tres de estos instrumentos de tecla de distintos tamaños.

Los registros de gastos del cabildo hacen continua referencia a ellos, ya sea porque fueron adquiridos o renovados, porque fueran entallados, o porque fueran pintados.

Entre 1522 y 1538 la basílica llegó a tener hasta tres órganos grandes distintos.

Padrón y Buendía defienden que el cabildo de Sigüenza siempre se preocupó de contratar buenos organistas,  pagándoles muy buen salario.

De hecho, consta en los archivos la presencia del gran Cristóbal de Morales, una de las grandes figuras de la tecla renacentista española, como uno de los maestros organistas que en 1530 estuvieron en el templo seguntino revisando el órgano.

Y, sin embargo, Jambou en su estudio reconoce que el órgano -el “instrumento rey”- pasó a un segundo plano en la música del culto con la incorporación de los ministriles al conjunto musical catedralicio seguntino.

En la segunda mitad del siglo XVI, el grupo de instrumentos adquiere preponderancia, “tanto en la misa de primera y segunda clase, como en la tercera II”.

Parece ser que el órgano rara vez encontraba hueco para “lucirse y tener papel solista”, de acuerdo con su interpretación de la documentación de la época.

Con todo, la catedral de Sigüenza contó -si bien por breve tiempo- con uno de los más grandes organistas de la España renacentista, Hernando de Cabezón, el hijo del simpar Antonio de Cabezón, teclista de la Capilla Real del rey Felipe II.

Hernando fue contratado por el cabildo en 1563, pero no es hasta el año siguiente en que culminan las gestiones para traerle y finalmente consigue ocupar la plaza.

No tuvo la oportunidad de pasar mucho tiempo en tierras seguntinas, pues en 1566 sucedió a su padre como organista oficial de la capilla de los monarcas Austrias, donde sirvió hasta su muerte, que tuvo lugar en 1602.

A diferencia de otras catedrales españolas, la de Sigüenza no cuenta con ministriles a sueldo hasta bien entrado el siglo XVI.

En concreto, en la documentación del templo se habla por primera vez de trompetas que participan en la procesión del Corpus Christi en 1547.

Otros templos, como los de Granada y Toledo, ya cuentan con músicos asalariados casi desde el comienzo del siglo.

En enero de 1554 cuatro de estos músicos solicitan ser admitidos en el cabildo, y un mes después la comisión encargada de estudiar el caso vota a favor de extender un contrato a los ministriles para que interpreten “música tan autorizada para el servicio desta Santa Yglesia”.

A pesar de que la documentación de la época que consta en el archivo catedralicio no hace mención alguna a los instrumentos que tocaban estos músicos, lo que sabemos de la época nos lleva a suponer que serían los típicos, es decir, el sacabuche, que es un antepasado cercano del trombón de vara, la chirimía -una especie de dulzaina-, la corneta, el bajón, y el orlo, que era un aerófono con forma de “J”.

Los músicos tenían la obligación de ensayar por contrato, aunque el cabildo entre 1593 y 1595 se ve obligado a recordarles su compromiso -según consta en los registros-, conminándolos a que practiquen los sábados después de vísperas, de forma que no descuiden su preparación para los oficios.

También hubo conflictos de mayor envergadura, como el que tiene lugar también en 1581, cuando los músicos causan “escándalo y alboroto” durante la misa mayor del lunes de Pascua de Resurrección.

Este comportamiento -cuya justificación desconocemos- les vale el despido como asalariados del cabildo seguntino y el encarcelamiento, ordenado por el alcalde.

Otro tema que enfrenta a la capilla de la catedral con sus ministriles asalariados es la participación de estos en las fiestas celebradas por otras iglesias de Sigüenza.

Tanto los instrumentistas como los cantantes adoptan la costumbre de asistir a eventos religiosos ajenos a la basílica, especialmente en el siglo XVII, alterando de esta forma su vida musical.

Hasta tal punto llegó a ser preocupante esta situación, que en 1581 el cabildo pide a los “músicos ministriles y mozos de choro” que no se ausenten sin autorización del templo.

No obstante, como indican Ana Ávila y Rogelio Buendía, la música de la catedral de Sigüenza “salía a las calles” durante el siglo XVI.

Según cuentan los documentos de la época, se organizaban “tablados” o “monumentos”, que implicaban que en festividades relevantes del culto, como Navidad o el Corpus Christi, el cabildo llevaba a cabo representaciones religiosas en las calles seguntinas.

Este tipo de evento -en el que consta que participaban los ministriles- no era, al tener lugar fuera del entorno catedralicio, puramente religioso.

Prueba de ello es que el Acta Capitular del 3 de noviembre de 1581 refleja un debate entre los organizadores de estos actos en lugares públicos sobre si incluir exclusivamente música religiosa, o si, por el contrario, combinarla con actuaciones laicas, en concreto los entremeses (piezas teatrales cómicas) que incluían personajes graciosos, como el bobo:

“. . . trataron sus mercedes y platicaron sobre las fiestas y representaciones que se deben hacer esta Navidad en los maitines, y, porque algunos entre sus mercedes tienen diversos pareceres, unos, que solamente hubiera motetes y representaciones a lo divino, sin entremeses, ni bobo, ni otras cosas profanas, y otros que hubiese todo, votaron por habas, y la mayor parte era de parecer que solo hubiese motetes y representaciones a lo divino, y que no haya bobo, ni entremeses, ni piquetes, ni cosa semejante a esto”.

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