Mara Aranda: Sefarad en el corazón de Marruecos

Mara Aranda: Sefarad en el corazón de Marruecos

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El nombre de Mara Aranda está indisolublemente asociado a la música sefardita.

Se trata de una artista que ha dedicado gran parte de su carrera profesional a investigar y estudiar la tradición musical de los judíos que fueron expulsados de España en el siglo XV.

Ahora vuelve con un ambicioso proyecto, Diáspora, una serie de cinco discos que recorren diferentes enclaves sefarditas como son Marruecos, Turquía, Grecia, Bulgaria y la antigua Yugoslavia.

El álbum Sefarad en el corazón de Marruecos es el primero de la colección.

La experiencia de Mara Aranda en este campo viene avalada por trabajos como Música i cants sefardís d´Orient i Occident de 2009, Sephardic Legacy, que vio la luz en 2013, y el más reciente La música encerrada, un trabajo grabado en 2014 junto con el conjunto de música antigua Capella de Ministrers, cuyo director, Carles Magraner, toca la viola da gamba en el disco que nos ocupa.

Sefarad en el corazón de Marruecos recupera los sonidos de las comunidades sefardíes del norte de África, las que fueron emigrando desde la Península Ibérica desde finales del siglo XIV, fruto de los ataques y las conversiones forzadas, y más adelante tras el edicto de expulsión de los Reyes Católicos del 31 de marzo de 1492.

Los judíos exiliados se fueron instalando en Fez, Tánger, Larache, Arcila, Alcazarquivir y sobre todo en Tetuán.

Llevaron consigo su cultura, sus costumbres y su idioma, el castellano medieval que con el tiempo fue incorporando palabras del hebreo, el bereber y el árabe, conformando así una nueva lengua que vino a llamarse haketía.

A mediados del siglo XIX la conquista española de Tetuán reconecta a la comunidad sefardita con el idioma castellano y el haketía es relegado al marco de la intimidad familiar.

 La música que se llevaron los judíos de la península y que evolucionó durante varios siglos en la diáspora marroquí es lo que centra este trabajo de Mara Aranda.

No hubo una ruptura brusca de los judíos que se establecieron en el norte de África y España pues seguían existiendo relaciones comerciales e intercambio cultural entre ambas orillas.

Por tanto, no podemos ver la tradición cultural de los sefarditas como una foto fija de la España del siglo XV, sino como una corriente que evoluciona con el paso del tiempo.

La tradición musical y literaria sefardita se erradica de la española en dos grandes ramas, como indica María Luisa García Sánchez (La huella hispánica en el legado musical de Sefarad).

Por una parte, encontramos lo que esta experta denomina canto espiritual judeo-español, que tiene su origen en la España musulmana entre los siglos X y XII, y en la que se encuentran las coplas o complas, poemas estróficos que se cantan, de carácter culto.

Por otro lado, aparecen los géneros tradicionales, que incluyen el refranero, los cuentos o consejas, y especialmente, los romances y canciones.

Precisamente, Sefarad en el corazón de Marruecos se nutre en gran medida de los romances, pues recopila nada menos que siete de ellos, además de algunos cantares de boda y de cuna.

Igualmente, incluye una copla hagiográfica, Sol la Sadiqa, que narra la triste historia de la joven Sol Hachuel que en 1834 fue decapitada en Fez al negarse a convertirse al Islam, pasando a ser considerada como santa por los judíos de Marruecos.

Los romances son en esencia poemas narrativos cantables, para ser entonados más que recitados, y que se transmitían y aprendían a través del canto.

Paloma Díaz-Mas (Cómo hemos llegado a conocer el romancero sefardí, 2005) destaca la importancia de este género dentro de la vida cotidiana de los sefarditas, más allá de la utilización para el entretenimiento: “se utilizaron para acompañar muchas circunstancias vitales, desde las más triviales y cotidianas (como acunar a los niños o marcar el ritmo de tareas artesanales o domésticas) hasta los más festivos (algunos romances se usaron como canto ritual en las celebraciones del ciclo vital, como la boda o la circuncisión) o solemnes (tal es el caso de los romances que se cantaban para endechar, o en determinadas ocasiones litúrgicas)”.

Refiere la autora del artículo un dato interesante, que va más allá de la anécdota, y es que gran parte de los cancioneros sefarditas fueron recopilados por mujeres, sobre todo entre 1920 y 1980.

Parece ser que las mujeres escribían los cantares recibidos oralmente de sus madres y de sus abuelas con el fin de preservar la tradición y también como una forma de honrarlas y recordar su memoria.

Pone de ejemplo el cancionero de Azibuena Barujel que fue copiado por su hija y que lleva por título Canciones del Norte de Marruecos.

Romances de Tetuán.

A la Santa Memoria de la Señora Azibuena Barujel como Recuerdo para sus hijas Meriam, Esther, Flora Barujel y Rachel Barujel, Tetuán, Marruecos.

Las mujeres sefarditas van teniendo acceso a la educación y a la cultura de los libros a finales del siglo XX.

Empiezan a comprender que en la educación de sus hijas cada vez tendrá más peso la cultura académica, y cada vez menos la tradición heredada oralmente, y esto les lleva a intentar conservar esos cánticos por escrito para que no se pierdan, convirtiéndose, como brillantemente define Díaz-Mas, “no ya en depositarias de la tradición, sino en notarias de la tradición”.

La musicóloga Susana Weich Shahak destaca en un texto del libreto que acompaña al CD el valor de la selección que ha realizado Mara Aranda del cancionero de romances marroquí, sobre todo porque en el pasado se ha tendido a destacar más la música sefardí del entorno otomano y balcánico, siendo la del norte de África injustamente olvidada.

Aparte de los romances de corte más o menos histórico, el disco incluye bellos cantares que nos introducen en los usos y costumbres serfarditas, como Decidle a mi amor, que refleja la costumbre de llevar a la novia de casa de sus padres a la casa del novio:

“Decidle a mi amor si mi bien quiere
Que traiga la mula y que me lleve.
Ay, mi caballero, cuerpo garrido,
Que non se queje en ascondido.”

También contiene el trabajo nanas marroquíes, que según nos informa el libreto que acompaña el disco, debieron llegar tardíamente a Marruecos puesto que la función de dormir a los niños la cumplían musicalmente los romances. Y sin embargo nos aportan textos tan poéticos como:

“Si este niño se durmiere
Yo le acostaré en su cuna,
Con los ojitos al sol,
La cabecita a la luna.”

La deliciosamente ambiciosa producción de Sefarad en el corazón de Marruecos incorpora un gran número de instrumentos en la ejecución de las piezas que integran el trabajo y por supuesto de profesionales y especialistas en los sonidos del pasado. Intervienen nombres como Carles Magraner de Capella de Ministrers, tocando la viola da gamba, el musicólogo y multiinstrumentista Jota Martínez o el experto en cuerda pulsada Robert Cases Marco, entre muchos otros instrumentos y voces que arropan el canto cautivador y misterioso de Mara Aranda.

Porque la música sefardita transmite un sentimiento de una belleza fatal que atrae con un increíble poder evocador hacia algo secreto y desconocido, como enterrado en el poso que deja el paso de los siglos. Este disco es como una llave que nos abre la puerta de un patio marroquí sefardita, que huele a sábila y reseda, entre higueras, limoneros y granados.

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