La música occidental no tendría sentido sin el papel que tuvo la iglesia cristiana

La música occidental no tendría sentido sin el papel que tuvo la iglesia cristiana

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Podemos destacar tres aspectos fundamentales de su importancia: la iglesia fue la institución dominante durante toda la Edad Media, fue lugar de formación – la mayoría de las escuelas formaban parte de la iglesia, y aspectos musicales como la notación occidental y la polifonía, se crearon y conservaron en su seno.

Para poder entender este binomio Iglesia-Música, tenemos que destacar dos fechas clave en el inicio del cristianismo: en el 313 d.C. el emperador Constantino, con el Edicto de Milán, legaliza el cristianismo, y más tarde, en el 392 d.C, Teodosio I la proclama como la religión oficial y prohíbe todas las demás excepto el judaísmo.

Esto hizo que el culto cristiano se realizara en lugares propios para el culto y saliera de la clandestinidad.

El cristianismo hunde sus raíces en el judaísmo; nuestra práctica religiosa contiene elementos de la judía, como los salmos (poemas de alabanza), su canto se convirtió elemento central de la práctica cristiana.

¿Pero qué función tenía el canto en la práctica religiosa?

Por un lado, hacer inteligible el texto y disciplinar el alma,-doctrina del ethos-, mediante la cual se pensaba en la influencia de la música en el carácter y estado de ánimo del hombre.

Por lo que la música en la iglesia tenía un papel funcional, pero no tenía otro papel que ser sierva de las palabras; ser transmisora del mensaje cristiano.

En su mayoría los padres de la iglesia rechazaron la idea de cultivar la música por el mero placer y se atuvieron al principio platónico; “Las cosas bellas existen para recordarnos la belleza divina”

San Agustín, en sus Confesiones, X, cap. 33, nos dice…

“Cuando recuerdo las lágrimas que vertí por los cantos de la iglesia en los primeros días de mi fe, recobrada e incluso ahora, cuando me conmueven no tanto los cantos sino las palabras cantadas, reconozco el beneficio inmenso de esta práctica.

Así, me siento flaquear entre el peligro del placer y el beneficio de mi experiencia; pero me siento inclinado a aprobar la costumbre de cantar en la iglesia, de modo que los más débiles de espíritu puedan ascender al trance de la devoción mediante la satisfacción de sus oídos.

Y sin embargo, cuando sucede que me siento más conmovido por el canto que por lo que éste expresa, confieso pecar gravemente y preferiría no escuchar al cantor en tales ocasiones.

¡Ved en qué condición me hallo ahora!

El Imperio Romano se fracturó en dos: oriente y occidente y cada rama tenía su propio rito, cada uno con una liturgia, un canto y calendario distinto.

Esta división de ritos y repertorios; el bizantino, el ambrosiano, y el viejo romano, se denominan dialectos del canto. (El canto gregoriano proviene del canto viejo romano).

La gran variedad de dialectos del canto litúrgico, dio lugar a la necesidad de unificarlos. Esta unificación de los cantos se le atribuye al papa Gregorio I, pero…

¿Es del todo cierta esta atribución?

Existen dos biografías importantes acerca del Papa Gregorio: una de Juan Diácono “Vita Gregorii Magni” y otra de Pablo Diácono “San Gregorii Magni”.

Mediante ellas sabemos que ninguna de las obras del papa tenía una preocupación especial por la música litúrgica; por ello podemos deducir que el papa Gregorio fue más bien un compilador de un antifonario (libro que incluye antífonas, forma musical y litúrgica propia de las tradiciones litúrgicas cristianas) para el estudio de los cantores y creador de la Schola Cantorum -que consistía en el coro que cantaba cuando el papa oficiaba las ceremonias-, y no un compositor de música litúrgica.

Su labor aparece en Prólogos de diversos antifonarios:

El Cantatorium de Monza del s. VIII dice así…

“El prelado Gregorio se elevó al honor supremo, del cual es digno por sus méritos como por su nacimiento, restauró la heredad de los Antiguos Padres, compuso para la Schola Cantorum esta colección de arte musical”.

Juan Carlos Asensio en su libro “El canto gregoriano” nos dice que “Las menciones a la Schola Cantorum y a la composición de un libellum con música, bastaban para justificar una atribución en su tiempo plena de autoridad”.

También estas biografías nos proporcionan información sobre datos iconográficos del papa Gregorio, recogidos en antifonarios de la época, en la que podemos ver al papa sentado con un libro en su mano derecha y una paloma-que simboliza al Espíritu Santo- posada en su hombro derecho, la cual dice la leyenda le dictaba los cantos.

Es curioso ver al escriba que aparece a la izquierda de la imagen, que de una forma furtiva se asoma tras la cortina y descubre la situación.

Dicen algunos estudios que esta atribución al papa Gregorio como creador del Canto Gregoriano, puede venir por la leyenda anglosajona: los ingleses adoptaron más tarde el rito romano poco después y veneraban a Gregorio como fundador de su Iglesia.

¿Cómo se aprendían estos cantos si aún no teníamos manera de codificarlos?

Las melodías cantadas en la liturgia eran aprendidas de memoria, por tradición oral, ya que no existía notación musical.

Estas melodías cantadas en la liturgia se repetían periódicamente en los cantos diarios de la liturgia cristiana, por lo que eran más fáciles de recordar, pero también había otros que se cantaban una vez al año.

Será más tarde, cuando estos sonidos se pongan por escrito, para ser recordados y con el deseo de unificar todos los cantos de la liturgia cristiana…

Decía San Isidoro de Sevilla…

“A menos que los sonidos sean recordados por el hombre, éstos perecen porque no pueden ponerse por escrito”

Continuará…

Escrito por PATRICIA PÉREZ | Elfaro

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