Dimitrie Cantemir el príncipe de Moldavia, también fue compositor y musicólogo

Dimitrie Cantemir el príncipe de Moldavia, también fue compositor y musicólogo

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Es de aquellos hombres que han sobresalido en la historia sobre los demás, debido a sus cualidades intelectuales; en este caso se trata de un hombre nacido en 1673 en Siliteni, región de Moldavia, descendiente de una modesta familia de una aldea, cuyo padre logró destacarse como para ser elegido gobernador de los Boyardos en Moldavia.

Habiendo conseguido Gustantin Cantemir ese alto cargo y siguiendo la costumbre que los príncipes reinantes debían enviar a uno de sus familiares (hijo o hija) – a modo de rehén – para que fuese decapitado en caso de alguna revuelta en contra del príncipe reinante de la puerta otomana, Gustantin cumple con ello y envía a Dimitrie.

La vida de Dimitrie sufre un radical cambio debido a esta nueva situación (de rehén).

Circunstancia que él aprovecha para cultivarse intelectualmente puesto hay en él una chispa que le motiva a aprender y superarse aún más.

En el área de la música, se convierte en un famoso intérprete del “Tambur”, – una especie de laúd de mástil largo.

De esta música aprende las sutilezas de la música oriental del maestro Kemani ahmet Efendi.

Cantemir compuso 36 piezas entre ellas 2 pesrevs, 1 saz semains y 1 beste, en un evidente poco interés por la música occidental y muy comprometido con la oriental, Cantemir afirmó, que el metro y la proporción de las palabras en la música turca eran mas perfectas que en la música europea. Apoyado en esta idea escribe un libro sobre teoría de la música turca.

Escrito en 1700 y conocido como el “Kantemiroglu Edvari“, el título completo del libro, dedicado al Sultán Ahmet II, es: “Kitabu Ilmi’l musiki ala vechi’l hurufat“.

Este trabajo consistió en dos volúmenes principales.

El primer volumen, contiene la información teórica sobre makams, intérvalos y usul.

Y el segundo volumen contiene la notación de 316 pesrevs, casi 40 saz semais y antiguos vestas compuestos en los siglos 16 y 17, en las 48 makams.

Tomando como base para sus análisis la tanbur, considerado un instrumento-patrón en la música turca.

El libro resume los principios teóricos a través de la escala principal y en la estructura teórica así alcanzada añade nuevos principios teóricos básicos.

La teoría de Cantemir se basó en el método experimental Kavl-i Cedid o Kavl-i hakir, a pesar que ésta presentaba un conflicto con la teoría tradicional.

En opinión de Eugenia Popescu-Judetz, la nueva teoría estaba en oposición a la teoría abstracta antigua que había sido sistematizada por las autoridades musicales de la edad media.

No obstante a pesar de todo ello, en una publicación de 1790 de Ernest Gerber (diccionario musical) “Historisch-biographische der Tonkünstler”, se le menciona por su nombre indicando claramente la importancia de sus trabajos sobre la música.

Pero lo que le distingue históricamente en el campo de la música, es el hecho que él escribió mucha piezas musicales, contribuyendo así al conocimiento de Oriente en Europa.

Elevando aún más su calidad de humanista.

DIMITRIE CANTEMIR, EL LIBRO DE LA CIENCIA DE LA MÚSICA, POR JORDI SAVALL CON HESPÈRION XXI

El carácter transcultural de la ciudad de Estambul, una encrucijada en la que se amalgaman la cultura turca, armenia y sefardí, es la base del disco de Jordi Savall y Hespèrion XXI.

Hilando el programa a partir de unas bellísimas piezas instrumentales extraídas del Libro de la Ciencia de la Música -compilación de piezas tradicionales transcritas por el fascinante Dimitrie Cantemir- y contando con unos especialistas de excepción a cargo del florido instrumental, Savall nos deleita e instruye con un compacto de lujo que es, al tiempo, una notable propuesta ética y humanística.

“El Libro de la Ciencia de la Música” y las tradiciones armenia y sefardí

Cuando en 1688 el dignatario rumano Dimitri Cantemir dejó atrás por primera vez las riberas y los tulipanes negros del Bósforo y vio asomar sobre su cabeza los alminares de Estambul, el corazón debió encogérsele ante la visión de tan imponente ciudad, alzada sobre el brezo y la verdura turca.

En ella permanecería exiliado durante veinte años, hasta el día de su muerte.

Como la de esos naturalistas o cartógrafos tramontanos que aparecen en las crónicas ilustradas, la biografía de Cantemir, aunque verdadera, está revestida de un halo de leyenda que la hace digna de una novela de aventuras.

Hijo de un boyardo moldavo, señor de un efímero principado, guerrero en la guerra de Rusia contra la Sublime Puerta (1711) el rumano Dimitri Cantemir está considerado uno de los prohombres de la cultura de su país.

Nombrado miembro de la Academia de Berlín en 1714, contemporáneo de Newton y Leibniz, amigo de Voltaire, príncipe y sabio, guerrero y filósofo, hombre de letras en suma, pero músico por encima de todas las cosas, ha pasado a la historia como uno de los grandes humanistas de Oriente.

Pero su verdadera importancia, su razón histórica, no debe atribuírsele simplemente al cúmulo de talentos y querencias que le convertirían en tan singular individuo, sino a la importancia –real y simbólica- que reviste en la Historia de Oriente y Occidente como mediador de tradiciones, como hermeneuta y puente entre dos mundos, pues gracias a él la Europa de las Luces tendrá mejor acceso al impresionante erario cultural del mundo bizantino.

Es éste carácter transcultural, esta condición suya de depositario de unas confluencias culturales de primer orden, lo que está a la base del fascinante disco de Jordi Savall y Hespèrion XXI: como es el caso de la antigua Jerusalén, la ciudad de Estambul se nos presenta como una encrucijada, como un privilegiado cruce de caminos en el que se amalgaman varias naciones y cuturas, aquí la turca, la armenia y la sefardí.

A través de Cantemir, Savall penetra en el tejido de esta cultura múltiple y, como en sus mejores registros, nos la muestra al tiempo con los oídos del nativo y los del forastero.

Dimitrie Cantemir (“un filósofo entre reyes, un rey entre filósofos”, como se le conoce en su patria), amén de una vasta producción ensayística e historiográfica, es el autor de uno de las más importantes compilaciones de música oriental que se conocen: El libro de la ciencia de la música (1703-1730), tratado o antología musical compuesto por 399 composiciones que Cantemir fue registrando en el curso de sus días entre los muros de la ciudad (si bien 9 de ellos pertenecen a su puño y letra).

Es también una teoría a la par que un florilegio de formas y estilos musicales de la época, transcritas por él mismo según un ingenioso sistema de notación de propio cuño.

De estas 399 obras, y con el propósito de reflejar la enriquecedora dialéctica musical de la antigua Constantinopla durante el siglo XVII, Savall selecciona los nueve makams (o modos) más hermosos contenidos en el Libro de la ciencia como eje de un programa en el que se intercalan las tres tradiciones citadas: la turca, a través de los makams y sus respectivos taksims (o preludios), la sefardí, a través de dolientes baladas del repertorio ladino de Esmirna, Estambul y otras regiones del antiguo Imperio y, por último, la armenia, representada por una sucinta colección de canciones de bardo que le fueron sugeridas a Savall por especialistas armenios.


Cantemir llegaría a escribir lo siguiente: “me atrevo incluso a avanzar que la música de los turcos es mucho más perfecta que la de Europa en lo que respecta al compás y la proporción de las palabras, pero también que es tan difícil de comprender que apenas encontraremos tres o cuatro personas que conozcan a fondo los principios y delicadezas de ese arte” (Historia, II, p. 178).

Ésa, en efecto, es la impresión que nos dejan estas bellísimas composiciones instrumentales que parecen hechasde nácar y arena y que desafían, por su compleja organización rítmica y su melismática textura sonora, las calidades del repertorio occidental.

Savall las exhuma partiendo –en la medida de lo posible (el verismo interpretativo se nutre también del testimonio de viajeros como Pierre Belon o Pietro Della Valle)- de un principio historicista que no es alérgico a una afilada intuición musicológica: la innovación de su lectura, frente a otras interpretaciones fijistas o acomodaticias, consiste en abordar los ritornelos o rondós de estos makams valiéndose del dispositivo completo (dependiendo de la naturaleza de la composición, hablamos de un ensemble de ney, kemancha, oud, tanbur, kanoun, santur, vielle de cinco cuerdas y percusión) mientras que hace depender la instrumentación de las otras secciones del carácter o humor de las mismas.

Gracias a esta forma de decir, a esta forma de iluminar, volvemos a dar cuenta de la rabiosa actualidad de estos repertorios frente al desfase estético que, en la actualidad –y a nivel popular- representan los nuestros.

Estambul, al igual que el resto de las historias musicales que jalonan el ya legendario catálogo AliaVox, no sólo compone la fascinante crónica musical de un espacio y un tiempo que parecen proyectarse en la eternidad, sino que promueve y propone –como es el caso de sus otras incursiones de frontera (Orient/Occident, Diáspora Sefardí, La ruta de Oriente, Jerusalem…)- un (nuevo) entendimiento ético, por vía transcultural, del patrimonio cultural de la humanidad.

Estamos ante otro de esos discos necesarios que, desde su modesto campo de acción, vienen a achicar los océanos que nos separan del otro y a fundar, en cierto modo, una nueva Historia transcontinental y ecuménica en la que el violín y el tanbur, el piano y el duduk, glosen con una misma canción el caminar del tiempo y del mundo.

Ésa es la preciosa lección de este disco que se puede adquirir en este enlace a Aliavox.

Fuentes consultadas y algunos textos extraídos de:

Wikipedia
conversacionesvarias.dimitrie-cantemir
Youtube
MusicaEsferas

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