¿Aparece retratado el maestro violagambista Diego Ortiz en un cuadro de Veronés?

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Una de las pinturas más famosas del pintor manierista Paolo Caliari, más conocido como Veronés, incluye en el primer plano visual un consort de violas de gamba. Se trata de Las bodas de Caná, un óleo imponente de casi diez metros de largo y siete de alto que representa el conocido episodio del Nuevo Testamento en el que Jesucristo obra el milagro de transformar el agua en vino durante la celebración de un desposorio en Galilea. El autor quiso homenajear a sus colegas de la escuela manierista veneciana y les situó en un lugar destacado de la composición, ataviados como músicos tocando sus instrumentos.

Tradicionalmente, han sido identificados en el lienzo los rostros de Tiziano, Tintoretto, Jacopo Bassano y el propio autorretrato de Paolo Veronese. Sin embargo, hay una quinta figura en el grupo, un enigmático hombre con barba que parece estar susurrando algo al oído de Veronés. Pues bien, un reciente estudio sostiene que el desconocido no es otro que el músico español Diego Ortiz.

Las bodas de Caná -actualmente expuesto en el Museo del Louvre- fue pintado por Veronés en 1563, por encargo del monasterio benedictino de San Giorgio Maggiore en Venecia. Sus colosales proporciones encierran la escena del episodio de los Evangelios en el que Cristo y se madre asisten como invitados a una boda en Caná y en un momento dado del banquete se acaba el vino. Jesús, a petición de la Virgen, convierte el agua en el preciado caldo consiguiendo que la fiesta continúe.

El óleo está poblado de numerosos personajes que rodean a María y a su hijo, sentados a la mesa en el centro mismo de la composición. Todo ocurre en un patio abierto rodeado de arquitectura renacentista -con columnas de orden dórico y corintio-, en el que las figuras humanas visten a la moda de la época, mezclando ropajes orientales con otros occidentales. En este sentido, Veronés plasmó la historia bíblica como una gran fiesta veneciana de las que se tenían lugar en su momento. Parece ser que gran parte de los caracteres retratados en la obra corresponden a grandes personalidades europeas contemporáneas al autor.

El contrato por el cual le fue encargada a Paolo Caliari esta pintura especificaba, en concreto, que debía incluir el máximo número posible de personajes y, además, que en su ejecución tendría que utilizar colores y pigmentos de gran calidad. Ninguna de las figuras representadas está hablando, pues el óleo estaba destinado a decorar el refectorio del monasterio benedictino, cuya regla impone el silencio durante la comida.

A pesar de que Jesucristo y la Virgen están situados en el centro de la composición, el primer plano de la misma, justo delante de ellos, lo ocupan el grupo de músicos encargados de amenizar la velada. Se trata de un conjunto de violas da gamba, como los que había en la segunda mitad del siglo XVI y, especialmente, en el XVII, en el que podemos encontrar la viola bajo o violone, de forma similar a un contrabajo moderno (la que porta el músico de la derecha), la viola soprano que asemeja un violín, y dos violas tenor que portan los dos músicos de la izquierda. Además, aparecen en el cuadro dos instrumentos de viento: algo que parece una flauta, pero que debe ser un cornetto sin curvatura, y, en segundo plano, lo que parece el extremo de un sacabuche o trombón de varas.

Retratando a este conjunto de intérpretes, Paolo Veronese quiso plasmar en el lienzo al conjunto de pintores manieristas de Venecia. De esta forma, en la extrema derecha tenemos a Tiziano tocando el violone, y, junto a él, a Tintoretto con la pequeña soprano. Más a la izquierda, Jacopo Bassano sopla el cornetto, y, su lado, encontramos a los dos violagambistas tenores, siendo el que se encuentra en primer plano el propio artista. El problema surge con el segundo, el que parece susurrarle algo desde atrás. No existe acuerdo acerca de la identidad de este desconocido personaje , aunque hace un par de años surgió una teoría que postula que se trata del músico español Diego Ortiz, que fue maestro de la capilla del virrey de Nápoles desde 1558.

Esta interpretación del cuadro es defendida en el estudio Il Veronese y Giorgione en concierto: Diego Ortiz en Venecia por los profesores Manuel Lafarga, Teresa Cháfer, Natividad Navalón y el músico e investigador Javier Alejano. Una de las primeras conclusiones del trabajo es que todos los pintores que aparecen en el cuadro tienen una cosa en común, un anillo de oro en uno de los dedos, algo de lo que el desconocido carece. Todo parece indicar que se trata de alguien que no pertenece al mismo grupo de artistas.

Un estudio con rayos x realizado al óleo en 1992 reveló que la misteriosa figura no estaba allí en las primeras versiones del lienzo, y que fue incluido con posterioridad, pero antes de estar acabada la versión definitiva. Los investigadores defienden que esta figura añadida es la Diego Ortiz, y que sustituyó a una previa del pintor Giorgione, una gran influencia para la escuela manierista.

Ortiz es una de las grandes figuras de la música europea del siglo XVI, cuya versatilidad como autor y ejecutor de piezas de distintos campos, y para distintos instrumentos, constituye el aval de su grandeza. Unas fuentes le describen escuetamente como compositor; otras le destacan como organista, aquellas le definen como polifonista, y finalmente, algunas le tachan de violero, es decir, de intérprete y compositor para viola da gamba o vihuela de arco. Lo cierto es que el hecho de que prácticamente toda su obra fuera editada en Italia nos hace creer que vivió la mayor parte de su vida fuera de España.

En 1553 publica en la ciudad del Vesubio su Tratado de glosas sobre cláusulas y otros géneros de puntos en la música de violones nuevamente puestos en luz, que se convierte en obra de referencia en cuanto al método de tocar la viola da gamba. No es de extrañar que en Italia fuese considerado un maestro sobre este arte.

Por otro lado, la polimatía característica del espíritu del Renacimiento explica que estos pintores sintieran verdadero interés por la música, además de por su propia profesión en las artes plásticas. Tiziano recibió un órgano como pago por uno de sus trabajos, y tanto Tintoretto como Veronés eran músicos aficionados, con mayor o menor grado de destreza. Hasta Giorgione cantaba y tocaba el laúd a las mil maravillas, se cuenta. Todo ello justificaría la admiración de Paolo Veronese por Ortiz, al considerarlo un maestro en su campo, y podría explicar su inclusión en esta monumental obra.

De hecho el estudio en cuestión compara el rostro de Diego Ortiz que aparece grabado en la portada del Tratado de glosas con el del violero anónimo del cuadro. Las concordancias entre ambos son notables, como se puede comprobar. El personaje barbudo rompe la regla benedictina del silencio que impera en el cuadro, y parece estar dándole instrucciones a Veronés al oído, quizá sobre la técnica de interpretación de la viola.

Como destacan los autores del trabajo, todos los músicos que aparecen en el óleo están con la mirada  baja, leyendo cifra de varios cuadernos repartidos en la mesa, excepto el violagambista anónimo, que parece ejercer de profesor o instructor del resto.

Otro argumento aportado en defensa de esta tesis es que Ortiz publicó en Venecia su segundo libro, Musices liber primus, un año y medio después de la finalización del cuadro, lo que hace suponer que, ya que estaba en la Serenísima en la misma época, pudo haber ejercido como modelo en persona para Veronés.

Y un último dato: la técnica de ejecución de la viola da gamba desde el siglo XVII parte de sujetar el instrumento hacia abajo entre las piernas. Diego Ortiz en su tratado defiende el tocarla de forma horizontal, como las guitarras, que es como se tocaba la vihuela de arco española. Tanto Veronés como el extraño la tocan así en el cuadro.

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