Los músicos de verdad no tienen balcón

Los músicos de verdad no tienen balcón

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Nos hacemos eco de estas interesantes reflexiones escritas en just4you.es por Juan F. Ballesteros, músico y escritor. |

Antes del presente cualquier músico en período de estudio -esto es, cada día- lidiaba con los horarios óptimos que las ordenanzas municipales dictaban en cada caso en relación con el uso de los instrumentos musicales para la convivencia vecinal.

No pocas veces, y a pesar de cumplir a rajatabla los tiempos de estudio legislados, tuve que escuchar golpes en la pared medianera que me separaba de algún vecino cuando no, directamente en la puerta o con amenazantes palabras en el intimidante y reducido espacio del ascensor.

Las menos, con aviso a la policía que tras comprobar que el horario estipulado se cumplía me invitaban educadamente a dejar el estudio para otro momento más propicio.

Pareciera que una sonata de Beethoven molestase mucho más que la oferta televisiva a todo volumen del vecino del 5º o de la más que acalorada discusión pseudo delictiva de la pareja del 3º, puesto que no tenían ninguna repercusión en forma de queja.

Estudiar música ha sido una actividad con una alta dosis de clandestinidad.

Ahora, en este presente falaz, cuanto más estrépito arroje un balcón mayor posibilidad de coronar como héroe a sus moradores.

En nombre de la solidaridad que nunca antes se tuvo hacia nuestro sector de servicios (porque esenciales lo han sido siempre), hordas de advenedizos artistas han optado por invadir la paz auditiva mostrando un escaso talento y nulo sentido del decoro aprovechando la penosa coyuntura que estamos viviendo.

El balcón de la plaza proviene de la plaza pública de las redes sociales donde la autopromoción ha alcanzado cotas extraordinariamente preocupantes.

Asistimos a verbenas improvisadas, solistas que han encontrado un resquicio entre toda la vorágine para mostrar su pasión que, aunque loable, es disparatada.


LOS MÚSICOS Y LA CRISIS

La premisa de quererse a uno mismo para poder amar plenamente a los demás -como han manifestado no pocas tradiciones y corrientes de pensamiento a lo largo de la historia desde el cristianismo hasta filosofías del desconcierto en pleno siglo XXI- ha declinado con el importante concurso en nuestros días de las redes enfático-sociales hacia un afectado narcisismo.

Esta celebración del ego descontrolada nos devuelve una imagen que como sociedad nos deja en clara evidencia.

Los músicos, como parte integrante y activamente cooperante con la sociedad a la que pertenecemos, no estamos exentos del ocaso de la dignidad que supone aferrarse a una supuesta e ineludible proactividad a la propia loa.

El confinamiento al que estamos sometidos no deja de ser una invitación a la creatividad, dado que nuestro andamiaje sobre el que se ha sustentado nuestra actividad profesional se ha derrumbado.

Más allá de la sana, solitaria y velada reflexión a la que la vida nos impele, nuestra inercia vital es la de hacer música y, lo que es más importante, compartirla.

Sin embargo, algunos músicos que nunca antes habían creado nada interesante han caído en el vórtice de alumbramiento del narcisismo que no lleva más allá de una corriente cerrada en sí misma.

Durante mucho tiempo se ha trabajado en la línea de dignificar nuestro trabajo como músicos, ya sea desde el ámbito de la interpretación como en el de la docencia ofreciendo lo mejor de nosotros mismos, con una visualización de los contenidos de alto impacto y no a través de mediocres grabaciones caseras.

No han sido pocos los que han solicitado su cota de éxito mediante la difusión audiovisual en las redes de conatos de conciertos sin rigor, actuaciones improvisadas, incluso -en, afortunadamente, residuales pero execrables casos- previo pago.

Las excepciones, tan honrosas como escasas, las han llevado a cabo plataformas profesionales que han ofrecido contenidos de alto valor musical y de producción.

De otro lado, la queja sobre las actuaciones que todo hemos perdido y perderemos en los próximos meses, aunque digna, se ha proclamado desde la atalaya de la sinrazón.

Durante décadas, el sector musical se ha sostenido sobre la negligencia, la pleitesía y -sobre todo- sobre el silencio.

Se piden responsabilidades ante una situación absolutamente sobrevenida, imprevista y a fecha de hoy incontrolable, cuando el sector musical ha callado durante demasiado tiempo los desmanes de la industria musical, que no en pocos casos ha estado encabezada por otros músicos.

La maquinaria que engrana la industria de la música funciona de una manera sencilla: un músico propone y un programador dispone (a menos que los músicos tomen conciencia de ser sus propios programadores tomando partido en la susodicha industria).

Los entresijos tangenciales o limítrofes entran en la esfera del realismo mágico cuyas variantes exceden a las hipótesis más inimaginables.

Este modelo tradicional de transacción, sin ser ideal, supone un filtro mínimo de calidad, esto es, no todo es contratable, no todo vale, más allá del mejor o peor acierto del programador de turno.

Sin caer en la ingenuidad, el modelo con todas sus grietas, se sostiene mediante la acción continuada del público que elige (paga) por un espectáculo frente a otro.

Ahora, para no perder parte del pastel (¿qué pastel?) llenamos las redes sociales con actuaciones desde casa, con escaso valor artístico y solo para seguir alimentando un ego que, hasta ahora, no nos había llevado a ninguna parte.

Conciertos sin el componente esencial: público que ha elegido estar presente y por parte de quienes nunca antes habían creado nada interesante.

Tenemos una oportunidad única para redimir nuestros errores pasados, para erigir un monumento al silencio, a la reflexión pausada sobre lo que somos como músicos, para reinventarnos como artistas y como colectivo.

Cuando todo pase, la cultura será esencial, por tanto, nuestra imagen ahora es prioritaria.

Mientras, miles de músicos profesionales se han quedado sin trabajo y es más que probable que muchos de ellos no lo recuperen jamás, porque aun siendo la cultura motor económico, ahora no somos esenciales o hemos sido sustituidos por “nuevos talentos” situados en infinidad de mini escenarios colgantes en otras tantas fachadas de nuestras ciudades.

Ahora más que nunca el ocio y el entretenimiento, que precisa ser compartido, ha sustituido a la cultura que precisa, por contra, entornos de intimidad.

En aras de una solidaridad fingida el ego emerge triunfante.

Yo, me quedo en casa… y en silencio.

Escrito por Juan F. Ballesteros (músico y escritor)


SILENCIO

La música es nuestra vida.

No solamente porque a los músicos nos proporciona un salario económico, sino -sobre todo- porque lo hace también en forma de salario emocional.

Para cualquier ser humano la música tiene un componente sensitivo que va más allá de lo puramente epidérmico, banal o coyuntural.

Nuestra vida está rodeada de sonidos con los que de una forma u otra nos sentimos reconfortados y, porqué no decirlo, recompensados.

La música nos abastece como ningún otro arte de elementos emocionales y también puramente intelectuales, acaso los dos polos sobre los que nuestra psique se sostiene.

Si a la vida ha de atribuírsele un sentido, quizás -y reconozco mi parcialidad- este es el de ser conscientes de la crucial importancia de la música.

Los músicos debiéramos sentirnos en gracia por el privilegio de convivir con el arte sonoro, sentir su impulso motor en nuestros sueños, compartir las pasiones con nuestro público pero también vivir el sonido desde la más prístina intimidad.

Hay momentos en los que la música nos propone un campo de infinitas posibilidades para combatir la soledad, la zozobra emocional, pero también para erigir un monumento a la gratitud ante la dicha sublime de la vida.

Ahora, en estos momentos de gran dificultad, de vértigo sociológico, de horizontes inciertos, la música tiene ese balsámico poder de ponernos enfrente un espejo donde contemplar nuestra posición en un universo con nuevos paradigmas.

Más que nunca la solidaridad debe hacerse sólida a través del compromiso social y de esta extraña y ajena convivencia a distancia.

Pero también es momento de introspección, de reflexión, de capacitar a nuestros sentidos del hálito de la lentitud, tan poco transitado a causa de una vida que no tiene tiempo de comprender y, por tanto, disfrutar del paisaje.

Quizás también es momento de repensar si los medios que hemos creado para compartir la vida son suficientes y hasta qué punto podemos echar de menos el contacto humano físico.

Aún así, estos medios sociales nos permiten seguir conectados de una manera importante con el mundo y a través de ellos muchos músicos siguen su actividad mostrando, ofreciendo o vendiendo su producto musical para aliviar el confinamiento.

¿Es el momento de vendernos como músicos?

¿Sería mejor aliviar el paisaje mediático dejando que cada cual consuma música en su intimidad?

¿Acaso los músicos no deberíamos loar el sonido del silencio y permitir la reflexión serena?

¿Nos estará pidiendo la vida parar un momento?¿en qué punto reside nuestra esencialidad?

Hemos estado defendiendo demasiadas veces la suprema delicia de los conciertos en directo, del ambiente y alma que suscitan las vibraciones presenciales de un concierto en vivo para mostrarnos ahora en pírricos vídeos caseros sólo para mantener un cota de presencialidad.

Quizás tengamos una oportunidad de defender nuestra profesionalidad de una manera absolutamente radical.

No, ahora no somos esenciales.

Ahora la música ha de reducirse a la intimidad.

El mundo ya no es ni será igual.

Entonces, cuando volvamos a emerger será cuando la música será más esencial que nunca.

Mientras tanto, la música del silencio es una emocionante opción.

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