El gran dilema del Padre Soler

El gran dilema del Padre Soler

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El Padre Antonio Soler es probablemente el músico español más significativo del siglo XVIII, tanto por lo rico y variado de sus composiciones, como por sus aportaciones a la teoría musical y por el carácter innovador de su genio.

Sin embargo, al estudiar su biografía nos entra la duda sobre si no podría haber brillado más en el paisaje musical europeo de la época de no haberse recluido una parte importante de su vida entre los muros del Monasterio de El Escorial.

¿Pudo haber tomado en un momento de su vida una decisión equivocada que truncó en gran medida una carrera mucho más prometedora de la que tuvo?

Esto último no implica que su carrera fuese mediocre, ni mucho menos; las composiciones que han llegado a nosotros atestiguan lo contrario: aparte de una extensa obra religiosa, conocemos sus sonatas para clavecín (quizá lo más brillante de su creación), sus quintetos para cuerda y órgano, sus conciertos para dos órganos, y finalmente, sus conciertos para dos violines, viola y clave.

Por otro lado, son sumamente importantes sus aportaciones teóricas, entre las que destaca “Llave de la modulación y Antigüedades de la música” (1762).

Nació Antonio Soler en Olot (Girona) en 1729.

Su formación musical se gestó en la Escolanía de Montserrat, donde ingreso con seis años y aprendió composición y órgano.

Tras presentarse a varias oposiciones para maestro de capilla, ganó la de la catedral de LLeida.

Pero el obispo de la localidad le informó de que en el Monasterio de San Lorenzo hacía falta un organista y decidió entrar en la Orden de San Jerónimo ocupando la plaza en 1752.

Como curiosidad, cabe citar lo exigente de las cualidades necesarias para ingresar en el monasterio, como por ejemplo, que el novicio debía saber gramática y canto llano (esto es lógico), pero además que debía gozar de buena vista, tener una estatura perfecta y no presentar defecto físico alguno.

Por descontado se exigía la limpieza de sangre.

Las competencias de Antonio Soler en El Escorial se centraban en la interpretación de música en los diversos órganos, así como la composición de piezas destinadas al culto.

Destaca también allí como profesor de música de jóvenes de la realeza y la nobleza.

Entre otros fue maestro del Infante Gabriel de Borbón, hijo de Carlos III.

No es disparatado aventurar que su decisión de trasladarse al Monasterio de San Lorenzo se debió al deseo de estar cerca de la corte, que pasaba allí dos meses al año, y especialmente, de los músicos cortesanos.

Su interés por la teoría musical y la importancia de su obra laica justificaría su interés por aproximarse a los círculos musicales más elevados de la época, tanto para compartir experiencias y conocimientos con los compositores cortesanos, como para dar a conocer sus propias creaciones.

Parece ser que el Padre Soler conoció y trabajó con Domenico Scarlatti, al que se considera, si no el inventor, uno de los principales impulsores de la sonata, y en cualquier caso, su difusor en España mientras estuvo al servicio de Bárbara de Braganza.

Las sonatas de Soler presentan el mismo esquema que las del napolitano, dos fragmentos que deben ser repetidos, el primero de los cuales expone el tema en el tono fundamental.

Pero las ansias de llevar a cabo una apasionante y cosmopolita carrera musical de Antonio Soler chocaron con el espíritu de devoción y recogimiento del monasterio jerónimo.

En general se consideraba que la relación de los monjes con los cortesanos era perjudicial para los primeros, llevándoles a distraerse en exceso de su vocación. En palabras del fraile Juan Núñez:

“Una de las malas semillas que pudieran aumentar esas espinas y cambroneras en los hijos de San Lorenzo es la familiaridad y trato de la Corte, que con sus acostumbradas jornadas frecuenta anualmente aquel Real Sitio y Monasterio.

Como en las Cortes brilla y luce lo que en el mundo, estando éste con sus pompas, fastos y diversiones a la vista de los que por su profesión renunciaron a vanidades y embelesos, se hace precisa una advertida perpetua vigilancia para que tales objetos y sujetos no expongan al monje a que, puesta su mano en el arado, vuelva atrás sus ojos a ver y codiciar lo que abandonó”.

Quizá esta cortapisa llevó al Padre Soler a buscar sin éxito otro destino más acorde con el desarrollo de su pasión musical.

A través de su correspondencia con el Duque de Medina Sidonia, gran melómano, se advierte una petición encubierta de entrar a formar parte de la corte de éste, aunque el Grande de España nunca reaccionó al respecto.

Finalmente, solicitó oficialmente su traslado al Monasterio de San Jerónimo de Granada, pero nunca llegó a salir de El Escorial donde falleció en 1783 a los 54 años.

¿Hubiera sido distinta su carrera musical si no hubiese abandonado la capilla musical de Lleida, donde tenía mucha más libertad para difundir su obra, e ingresado en El Escorial? Pero no existe una Historia alternativa, las cosas sucedieron como sucedieron, y a fin de cuentas, todos somos prisioneros de nuestras propias decisiones.

13 Comentarios sobre “El gran dilema del Padre Soler”

  1. Alba dice:

    Interesante artículo. Me gusta

  2. Padre Soler dice:

    Le doy gracias al creador por narrar así mi historia creo que ha sido muy acertada así que te doy las gracias des de el pasado

  3. Paulino Capdepón dice:

    Interesante artículo (a años luz de aquel infumable artículo que atribuía al padre Soler la autoría de villancicos populares como “El tamborilero” o “Los peces en el río”) y enhorabuena a Pablo por sus aportaciones.
    Creo que la carrera del padre Soler hubiera sido diferente de no haber estado en El Escorial pero en sentido negativo: la estancia en el monasterio del Escorial le permitió conocer y estudiar con Scarlatti (por cierto, es un dato objetivo que estudió con él ya que en una carta al padre Martini de Bolonia, el padre Soler se presenta como “alumno del señor Scarlatti”) y entrar en contacto con el rico mundo de la corte y de Madrid. De no haber conocido El Escorial, posiblemente no hubiera compuesto ni sonatas para tecla ni quintetos, pues tales obras se debieron al estímulo de su maestro Scrlatti en el caso de las sonatas, y también al estímulo de su regio alumno, el infante don Gabriel, para cuya formación y divertimento estaban concebidas buena parte de dichos quintetos y sonatas.

    • Estimado Paulino:
      Muchas gracias por la enhorabuena y por la aportación tan rica. Solamente me he permitido hacer el típico ejercicio de “Qué hubiera pasado si…”, pero claro, hay que tener en cuenta muchísimas variables, como las que apuntas. En cualquier caso es divertido y enriquecedor un debate de este tipo.
      Un abrazo

  4. vicente bujalance dice:

    Felicidades por el interesante artículo!

    Lo ultimo que he sabido de este compositor es que en algunos sitios sus operas gozaban incluso de más exito que las de Mozart, pero que la mayor parte de ellas se encuentran manuscritas en algun teatro ruso (creo que el marinski) y que permanecen allí encerradas a cal y canto porque el teatro dice que son suyas y que no las edita. Imagino que para sacar eso a la luz habrá que pagarle al teatro un pastizal. De todas formas, se trata de información sin comprobar, me ha llegado como un rumor. A mí personalmente me suena un poco a cuento chino, pero lo escribo aquí por si alguien puede arrojar algo de luz sobre este asunto.

    Un saludo!

    • Paulino Capdepón dice:

      Estimado Vicente:
      son dos compositores diferentes, que a menudo se confunden, especialmente en el extranjero. Uno es el padre Antonio Soler, natural de Olot, y al que se refiere el artículo de Pablo Rodríguez Canfranc. Y otro compositor distinto, y al que tú te refieres, es Vicente Martín y Soler, valenciano y que, efectivamente, escribió óperas.
      Un saludo de Paulino Capdepón

  5. Anónimo dice:

    Su fandango es adictivo é impresionante en su riqueza de ritmos e ideas musicales, una música increíblemente chispeante para un religioso, yo diría fantásticamente mundana y que me produce ganas de aprender a bailar el fandango.

  6. Karel Zongrac dice:

    Deseo comenzar mi comentario con un agradecimiento por este artículo. Cada minúscula información que pueda adquirir de donde sea, es eiempre importante para conocer más sobre la vida de este músico genial. Me refiero más que nada a su obra para clave.
    Cuando D. Scarlatti escuchó la música de Padre Soler en interpretación del mismo, preguntado si el Signor Scarlatti le podría dar lecciones a D. Antonio, el gran maestro italiano respondió que es Soler quien podría darle lecciones a él. A mí me encanta la música de ambos, y también llevo años interpretándola al piano o al clavecín. Siendo yo producto del siglo XX, prefiero interpretar toda la música con un instrumento moderno y poderoso. Creo que, de haber conocido el sonido de un piano moderno, ni Bach, ni Seixas o Soler se opusieran a ello. Debo admitir que los efectos sónicos, típicos de un clavecín, no se pueden reproducir con un piano… Hay que adaptarse.

    Si bien no en la sangre, sí llevo en mi pecho la gracia y el “salero” de la inimitable música ibérica. La oigo desde mi nacimiento. Hoy, más de medio siglo más tarde y viviendo en un país nórdico, escuchar un disco con música de Soler -y también de Seixas- me conmueve y hace que todo mi cuerpo quiera adherirse al ritmo. Me extraña la “dureza” y falta de salero de algunos intérpretes de renombre, a quienes ningún salero les hace mover sus sentaderas estando sentados ante el clavecín. Cada uno y cada cual tiene su ideal de interpretaciones, mas para mí, hasta el día de hoy no he sentido en otros la gracia ibérica que exhiben dos clavecinistas contemporáneos, a saber, Rafael Puyana y Débora Halász. Les recomiendo sus grabaciones en CD.

    Y ahora retorno a la gracia, el salero y la morriña de la música del gran maestro Antoni Soler i Ramos, nombre con el cual fue bautizado en diciembre de 1729, exactamente medio siglo antes del nacimiento de otro grande entre los grandes: W.A. Mozart.

    Cordiales saludos!

  7. Karel Zongrac dice:

    Error mío: W.A. Mozart no nació medio siglo después de Fray Soler, sino que en 1756.
    K.Z.

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